Time Capsule: la exposición de Louis Vuitton

Louis Vuitton acaba de inaugurar la exposición Time Capsule, un viaje a lo largo de la historia de la marcaasa, que revisita innovaciones fundamentales en tecnología y diseño. Una fantástica muestra que que cuenta con un detalle diferenciador: cada sala está explicada personalmente por un especialista de la maison.

Se articula en torno a los símbolos distintivos desde los primeros baúles, su vinculación con el viaje y la elegancia a la hora de desplazarse, así como los díselos más emblemáticos salidos de sus talleres en Asnières.

Además, contará con un apartado audiovisual con proyecciones en el “Magic Malle” y una demostración en directo por parte de los artesanos de la casa.

La exposición arranca desde los orígenes de la maison en 1854 hasta nuestros días, y cuenta su fascinante historia a través de excepcionales y objetos únicos, seleccionados entre los archivos de Louis Vuitton.

Piezas expuestas en diferentes salas en las que se pueden apreciar los avances en los medios de transporte con imaginativas e ingeniosas creaciones.

La exposición sigue una cronología visual por momentos esenciales de la historia de firma, centrándose en varios aspectos: los códigos de la Maison, aquellos símbolos distintivos que se remontan hasta los primeros baúles de Louis Vuitton y los viajes alrededor del mundo, revelando cómo la marca satisface las necesidades derivadas de los nuevos medios de transporte, siempre viajando con mucho estilo gracias a estilosas piezas.

No faltan los iconos de la casa, una selección de sus creaciones más emblemáticas donde todas las miradas van dirigidas a los bolsos y una sala muy original, la Magic Malle o baúl mágico, el símbolo de la firma y el origen de todo. Para terminar, hay una demostración en directo de los artesanos de Louis Vuitton.

El Steamer Bag (1935) es el primer bolso blando de Luis Vuitton ideado para los viajes en barco y que podríamos considerar antecedente del equipaje de mano.Se guardaba plegado como un acordeón en los baúles. Una vez en el camarote, se colgaba en el picaporte para guardar la ropa para la colada.

Louis Vuitton

La historia se remonta a 1854, año en que abrió la persiana de la primera tienda Vuitton (hoy suman más de 460 en todo el mundo) tras haber sido aprendiz de un fabricante de maletas y con el gancho comercial de ser el mejor empaquetador, especializado en objetos frágiles y vestuario.

Tal habilidad cautivó a las damas de posibles y amplio armario, incluida la mismísima emperatriz Eugenia de Montijo quien confiaba en él para sus equipajes.

No es de extrañar que baúles, maletas y cajas para embalar se convirtieran en principal dedicación del artesano Vuitton y que su evolución corriera pareja a la de los signos de los tiempos.

Según se iba popularizando el concepto de viajar no estrictamente por necesidad, ya fuera en tren, barco, coche o avión, la casa iba surtiendo a sus clientes de las más eficientes soluciones para mudar sus enseres de forma segura.

Así, el primer baúl plano considerado el antecedente de las maletas actuales, el revolucionario y vertical Trunk Wardrobe como un guardarropa portátil, la bolsa de viaje blanda perfecta para travesías en barco, el Aéro Trunk para fijar en los globos aerostáticos tan revolucionarios entonces, los cofres para transportar en coche los cigarros o disfrutar de una merienda con caviar al aire libre…

Viajar por placer más que por necesidad abrió un nicho de negocio que él supo aprovechar y que discurría paralelo a unos tiempos febriles de innovación, pioneros, ansia de aventura y exposiciones universales en las que Vuitton estuvo presente desde 1867.

Aviación

El testigo, empresarial e innovador, lo tomó su hijo Georges, a quien se deben dos de las señas de identidad de Vuitton: la cerradura inexpugnable que patentó en 1890 y la lona con estampado Monogram, creada ya entonces para esquivar a los imitadores. Y continuó por vía sanguínea con la tercera generación.

De forma autodidacta y en un improvisado cobertizo junto a los talleres de la firma en Asnières, tuvieron su cuota de protagonismo en la carrera por la conquista de los cielos. Entre planos, ruedas dentadas y maderos allí dieron forma a un helicóptero que, probablemente, nunca llegó a volar… Se trataba de un armazón que apenas albergaba el motor y el avezado piloto, coronado por dos hélices.

Con tal artefacto, el Vuitton-Huber, acudieron en 1909 al Grand Palais parisino donde se celebraba la Exposición Internacional de Transporte Aéreo. El temprano fallecimiento, a los 20, de Jean no impidió que Pierre siguiera trabajando y en los siguientes años construyó dos modelos más. Aún hay un portador más del apellido Vuitton vinculado a una de las grandes gestas de la aviación, el aterrizaje de Charles Lindbergh en París en mayo de 1927.

Desde el 17 de abril al 15 de mayo en el Museo Thyssen 

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