Picasso y el museo

Sabemos que, allá en 1897, Pablo Picasso estuvo en Madrid estudiando en la Real Academia de San Fernando. Y también sabemos que la actividad de las aulas no le llenaba, y que con cierta frecuencia hacía novillos para irse a vagar por las salas y pasillos del Museo del Prado. Con este apunte histórico, os animamos a visitar la exposición ‘Picasso y el museo’ que el Círculo de Bellas Artes acoge hasta el 16 de mayo. El recorrido explora la relación entre la obra de Picasso y algunos de los cuadros que vio en las distintas pinacotecas europeas, y que llegaron a obsesionarle. Muchas de esas obras capitales están presentes en sus trabajos, reflejadas a través de una especie de mímesis creativa.

En el recorrido de la exposición hay tres pantallas de tamaño notable, en las que se proyecta una animación. Son fragmentos de ‘El misterio Picasso’, una película dirigida por Henri-Georges Clouzot en la que Picasso dibujaba, a tiempo real, sobre grandes paneles retroiluminados, por lo que parece que el trazo se vaya construyendo a sí mismo, hilándose primero, borrándose después, sin una mano que lo acompañe. El resultado es un desfile de formas macabras. Las obras que resultaron de este ejercicio de performan fueron destruidas después del rodaje. La única manera de admirarlas, a día de hoy, es viendo la exposición Picasso y el museo.

En esta exposición de Picasso y el museo podemos encontrar varios Picassos

De lo erótico a lo pornográfico

El dibujo que aquí mostramos pertenece a una ‘suite’ que bebe de la influencia de todas las bañistas de Ingres, en la que aparecen mujeres rotundas en posturas voluptuosas, frotándose los pechos y ofreciendo entre las carnes generosas de los muslos un sexo peludo. Al lado, encontraréis una serie que ilustra las andanzas de Degas por los burdeles de Francia, donde se dice que estudiaba las formas de la anatomía femenina para sus bailarinas en los cuerpos de las prostitutas. En estos dibujos, relacionados entre sí por una lógica episódica, Degas aparece como un voyeur de barba larga y desordenada, asomando la cabeza entre unos visillos para espiar a las mujeres mientras se quitan la ropa y se confiesan, cuchicheando, secretos prohibidos.

Las Meninas enrojecidas

Durante el gobierno de Azaña, Picasso fue nombrado director del Museo del Prado. Y lo curioso es que, aunque después del Alzamiento dejó de ejercer, nadie llegó a destituirle del cargo durante la dictadura. Pero su relación con el Prado venía de antes. Picasso lo había visitado por primera vez cuando tenía 13 años, con su familia, aprovechando un cambio de tren durante un viaje entre Coruña y Málaga. Ahí descubrió ‘Las meninas’ de Velázquez, de las que pintaría más de 40 variaciones encerrado en su casa de la Costa Azul en 1957. Aquí tenemos una de las versiones, en la que se reconoce el trazo de un cubismo tardío, impregnada de un rojo vivo que podemos leer como un homenaje a su amigo Henri Matisse.

Sátira y chiste

A menudo, la admiración de Picasso por los grandes maestros del pasado se sostuvo en una irreverencia iconoclasta. Fue de los primeros que reivindicaron a El Greco, que en los años 20 del pasado siglo todavía era un pintor bastante desatendido. Una de las impresiones de juventud de Picasso, en la línea del hechizo stendhaleano, fue ver ‘El entierro del conde Orgaz’ en Toledo, cuadro que con el tiempo pervertiría en una serie de variaciones satíricas. En la más siniestra, el cadáver del conde aparece representado como un pollo asado servido en un plato, y la Virgen es una muchacha desnuda lasciva con la expresión de esas madonnas vampíricas de Munch. Aquí os dejamos este retrato con gorguera, tal vez una caricatura de ‘El caballero de la mano en el pecho’.

Autora:

Crea un comentario